Del escándalo al sentido: la infidelidad como quiebre de un pacto, no como pecado
#Por Paola Zabala
El audio viralizado y el intento de seducción con acento español que el propio LC calificó de ridículo, ya tiene su lugar asegurado en la cultura del meme y la viralización.
Pero no escribo para amplificar el escándalo, para absolver ni para condenar. No me interesa perderme en el hecho puntual, sino ir un poco más allá en la búsqueda de sentido. El hecho mediático es sólo una puerta de entrada al eje editorial de este artículo, una invitación a correr la mirada del hecho al mecanismo psicológico y al análisis del discurso; a pesar de que reducir una conducta humana compleja a una condena moral suele dejarnos más tranquilos, pero también vacíos.
Transitamos una época que necesita culpables rápidos. La infidelidad suele provocar en el ámbito público el veredicto instantáneo: culpable, inocente, víctima, victimario, aunque en lo vincular no siempre funciona así.
Pero si logramos atravesar las barreras de la superficialidad y adentrarnos en el análisis más profundo nos damos cuenta que la infidelidad, como tantas conductas, puede ser un síntoma. No es el hecho en sí lo que más duele, sino lo que revela no del vínculo necesariamente sino de la persona que la comete, un autosabotaje o como dice el propio Luciano: “un viaje que uno se come sin saber por qué, una manera de golpearse con su propio límite”. Acá lo importante no es señalar la falta sino que se activa para que una persona destruya lo que dice querer conservar.
Acá también lo importante no es lo que pasó lo que revela algo, sino como se lo cuenta. Y Griselda eligío un discurso quirúrgico, tomando distancia afectiva y desplazando la responsabilidad hacia un: “eso es de él, no mío” como si la escena no la rozara. Habló de acuerdos, pero dejando entrever reglas internas, aclarando con firmeza que no hay “pareja abierta”. Construyó una versión con elegancia, naturalizando la infidelidad como un escenario predecible en el manual de emocional de Luciano, reflejando sin dramatismo y con una seriedad inquietante: “Yo sé perfectamente quién es Luciano… lo conozco hace 20 años, lo elijo así”, como quién no se sorprende, con aceptación. Aunque esto no tapa la herida pero deja en claro algo más perturbador: que ella sabia con quién estaba desde el principio y aún así eligió quedarse.
Otro condimento importante de esta historia es que la intimidad hecha pública duele distinto y se convierte en espectáculo, donde ya nadie se pregunta como están los protagonistas sino que pasó? Porque por supuesto nos resulta más cómodo mirar esta historia como espectadores en lugar de mirar hacia adentro, es fácil, muy fácil escandalizarnos con la caída del otro; pero en cada error ajeno algo de nuestra propia fragilidad se asoma.
No sé que pasará con esta pareja, cuál será la decisión final que tomarán juntos o separados, pero les dejo esta pregunta potente e incisiva como cierre reflexivo: ¿Que parte de vos acepta o naturaliza comportamientos ajenos sólo porque “siempre fueron así”, cuanto de esto es amor y cuanto es miedo a admitir que te acostumbraste a lo inaceptable? ¿Cuánto de lo que llamás tolerancia en tus vínculos es en realidad la forma más elegante que encontraste para no enfrentar la incomodidad de poner un límite? ¿Qué conversación venís esquivando desde hace tiempo, sabiendo que cuando la tengas ya nada volverá a ser igual?