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Por Daniel Kiper
En Medio Oriente la historia tiene la obstinación de las repeticiones. Las sirenas regresan, los misiles atraviesan la noche y los discursos prometen victorias que rara vez son definitivas. Quien observe sólo esa superficie creerá asistir a una guerra más. Quien mire con mayor atención advertirá que allí se juega algo distinto.
Las guerras visibles suelen ser episodios de disputas más profundas. Los soldados y los misiles ocupan el escenario; detrás, en una región más silenciosa de la política, se dirimen cuestiones menos espectaculares y acaso más decisivas: rutas marítimas, abastecimiento energético, acceso a la tecnología.
La guerra contemporánea ha aprendido a desplazarse. Ya no necesita necesariamente ocupar territorios. Le basta con condicionar flujos, asegurar corredores o interrumpir suministros. En ese nuevo teatro del poder, los estrechos marítimos valen tanto como los ejércitos.
Estados Unidos ejerce influencia sobre diversos puntos decisivos de la navegación global. Conviene, sin embargo, evitar una confusión frecuente: influencia no equivale a soberanía. El Canal de Panamá permanece bajo administración panameña. Groenlandia sigue perteneciendo al Reino de Dinamarca. El Estrecho de Magallanes continúa bajo la gravitación geográfica de Chile y de Argentina. Y el Mar Rojo, lejos de constituir una autopista segura, ha demostrado en más de una ocasión su fragilidad estratégica.
Pero reconocer esos límites no implica negar la existencia de una estrategia. Esa estrategia —tan antigua como el comercio— consiste en impedir que los rivales conviertan la geografía en una ventaja decisiva.
China, por su parte, conserva influencia en el estrecho de Malaca, paso indispensable para su abastecimiento energético y para la salida de sus manufacturas hacia el mundo. Pero esa ventaja es insuficiente. Ninguna potencia industrial puede prosperar si otro actor tiene la posibilidad de estrangular sus rutas de suministro.
En ese mapa de pasos estratégicos, el Estrecho de Ormuz ocupa un lugar singular.
Ormuz no es solamente un paso marítimo. Es una válvula. Por esa garganta angosta circula cerca de una quinta parte del petróleo que consume el planeta, además de volúmenes decisivos de gas natural licuado y fertilizantes. Cuando esa válvula se cierra —o simplemente amenaza con hacerlo— el sistema económico mundial acusa el golpe: sube el precio del petróleo, se encarece el transporte, la industria revisa sus costos y la inflación reaparece como un recordatorio de la fragilidad del orden global.
Por eso una crisis en Ormuz no es un problema regional. Es una perturbación sistémica.
En esa perturbación aparecen los verdaderos efectos del conflicto. Asia —y particularmente China— depende en gran medida del petróleo proveniente de Medio Oriente. Europa, por su parte, sigue siendo sensible a las fluctuaciones del mercado del gas natural licuado. En una crisis prolongada ambos polos industriales enfrentan la misma consecuencia: energía más cara. Y cuando la energía se encarece, también se encarece la competitividad.
El mundo contemporáneo agrega, además, un elemento que modifica la escala de esta disputa: la inteligencia artificial.
Durante décadas, la geopolítica del petróleo determinó la potencia de las fábricas, de los ejércitos y del transporte. Hoy determina también la potencia de cálculo. Los centros de datos que alimentan los sistemas de inteligencia artificial consumen cantidades crecientes de electricidad. La carrera tecnológica depende, cada vez más, de la energía.
La ecuación es sencilla: quien disponga de energía abundante y barata tendrá ventaja en la competencia tecnológica. Quien carezca de ella verá limitada su capacidad de innovación.
Así, la antigua geopolítica del petróleo comienza a entrelazarse con la nueva geopolítica de los algoritmos.
Rusia aparece, en este escenario, como beneficiaria indirecta de una crisis prolongada. No necesariamente por acuerdos secretos entre potencias, sino por una lógica elemental: cuando el suministro de Medio Oriente se vuelve incierto, el valor estratégico de los exportadores alternativos aumenta. Para China, eso implica reforzar su vínculo energético con Moscú. Para Europa, supone enfrentar nuevamente el desafío de asegurar fuentes de abastecimiento que reduzcan su vulnerabilidad.
Mientras tanto, en Medio Oriente continúan acumulándose los escombros y los muertos.
Las ciudades destruidas pertenecen a la geografía visible del conflicto. Pero detrás de esa tragedia inmediata se desarrolla otra disputa, más fría y más distante, donde las grandes potencias calculan rutas, reservas y flujos energéticos.
Los países de la región ponen el territorio y la sangre.
Las potencias discuten el precio del petróleo, el flujo de la energía y la arquitectura tecnológica del futuro.
En ese tablero, Ormuz es algo más que un paso marítimo.
Es la válvula por la que respira el poder del mundo.
Y quien controle esa válvula no decidirá sólo una guerra.
Decidirá el siglo.
*Abogado