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EL TECLADO | Opinión  Martes 13 de Enero del 2026 - 08:57 hs.                363
  Opinión   13.01.2026 - 08:57   
OPINIÓN
Bajo fuego
"Desde el espacio, los satélites marcaron los focos como signos de una escritura antigua que insiste en repetirse. El Servicio Meteorológico Nacional los mostró “desde arriba”, y la CONAE registró los focos de calor —último reporte al 12/01/2026— como quien enumera señales en un tablero que nadie quiere mirar demasiado tiempo", cuenta Daniel Kiper
Bajo fuego

#Por Daniel Kiper


No como arden las leyendas —que se consumen para embellecerse— ni como arde la retórica —que enciende sin quemar—, sino como arden los mapas cuando la realidad decide corregirlos. El fuego —que siempre exige una chispa, pero nunca se detiene en ella— avanzó sobre casi 12.000 hectáreas, amenazó pueblos, cercó viviendas y obligó a desplegar brigadistas, aeronaves y fuerzas de apoyo. Se habló de origen intencional, se ofreció una recompensa de 50 millones de pesos para dar con responsables, y el recuento de evacuaciones y daños se volvió parte del lenguaje cotidiano, como si el desastre también tuviera oficina.

Desde el espacio, los satélites marcaron los focos como signos de una escritura antigua que insiste en repetirse. El Servicio Meteorológico Nacional los mostró “desde arriba”, y la CONAE registró los focos de calor —último reporte al 12/01/2026— como quien enumera señales en un tablero que nadie quiere mirar demasiado tiempo.

Porque el error —tan humano— es creer que el fuego tiene una sola raíz. Puede ser delito; puede ser negligencia; puede ser azar. Pero el escenario en el que ese fuego se vuelve incontrolable ya no es el mismo. El clima no enciende la chispa, pero le alarga la mecha: hace más probable, en muchas regiones, esa combinación de calor, sequedad y viento que la ciencia llama “condiciones propicias para incendios”. No crea el incendio: lo amplifica.

Sabemos —y la palabra sabemos aquí no admite ironía— que la temperatura media del planeta ha aumentado ya 1,1 °C por encima de 1850–1900 en el período 2011–2020, y que ese calentamiento fue causado inequívocamente por actividades humanas, principalmente por emisiones de gases de efecto invernadero. Nada hay de misterioso en esta causa: es la suma persistente de emisiones acumuladas, año tras año, como decisiones que nadie deshace.

El porvenir, sin embargo, es el verdadero laberinto

Hay números que parecen modestos hasta que uno entiende lo que significan. Un mundo que se acerque a 4 °C por encima de los niveles preindustriales no es una exageración literaria: es un cambio de régimen. El Banco Mundial, institución poco dada a la hipérbole, describió ese umbral como un mundo de olas de calor sin precedentes, sequías severas e inundaciones de gran escala, con impactos graves sobre ecosistemas y servicios de los que dependen las sociedades. No lo llamó apocalipsis —palabra teológica— sino un tipo de deterioro funcional que vuelve frágil la vida organizada.

Imagino ese clima futuro como un espejo que deforma sin mentir: el mismo planeta, los mismos continentes, los mismos nombres en los mapas, pero otra lógica. Los ríos ya no obedecen a la memoria de las estaciones; las costas avanzan hacia el interior con una lentitud inexorable; las lluvias cambian de régimen; y las ciudades aprenden, tarde, que el calor no es una excepción sino una norma.

Nada de esto ocurre de pronto. El error de nuestra época es creer que las catástrofes deben ser súbitas para ser reales. El calentamiento global avanza como el tiempo mismo: segundo a segundo, sin dramatismo, sin pausa. Es tan regular que muchos lo confunden con normalidad. Y, cuando el fuego llega —como llegó a Chubut—, tendemos a buscar una sola causa para poder dormir tranquilos. Pero la tranquilidad, en estos temas, suele ser otra forma de la ceguera.

Los libros del porvenir no están cerrados. Este volumen admite correcciones. La acción que se nos reclama no es épica ni abstracta: es concreta y verificable. Reducir emisiones, transformar la matriz energética, abandonar la ilusión de que el crecimiento puede divorciarse indefinidamente de la física; y, a la vez, asumir que habrá fuego y que por eso hace falta prevención real: manejo del territorio, recursos sostenidos, alerta temprana, vigilancia e investigación penal cuando corresponda.

Cada año que pasa sin cambios profundos estrecha el laberinto y borra una bifurcación posible. El tiempo —ese dios menor al que solemos subestimar— no negocia. Este es, quizá, el último privilegio de nuestra generación: decidir si el final será una nota al pie en los informes del siglo XXI o la página central de una tragedia evitable. La acción —ahora— es el único argumento que todavía no ha sido refutado.


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