8 Dic 2022 - Edición Nº2053
La Plata, Bs As      28.4 ºC
EL TECLADO | Especiales  Domingo 11 de Septiembre del 2022 - 12:00 hs.                825
  Especiales   11.09.2022 - 12:00   
TRATA DE PERSONAS
Sobrevivir a la explotación sexual: la historia de Sonia Sánchez
Hoy milita activamente en contra del proyecto de AMMAR que busca que la prostitución sea considerada trabajo sexual. “Los puteros no hacen el amor, practican la violencia a través del sexo. ¿Esto se va a regular como trabajo?”, se pregunta.
Sobrevivir a la explotación sexual: la historia de Sonia Sánchez
La historia de Sonia Sánchez
Por: Luciana Mateo @LucianaMateo

Una golpiza feroz que la dejó ensangrentada y dolorida, el conserje de un albergue transitorio que le salvó la vida y un patrullero que pasó frente al Hospital Álvarez pero que siguió de largo hasta la Comisaría 50, porque “¿a quién le importa una puta?”.

Los recuerdos –enteros o en retazos- pertenecen a Sonia Sánchez (57), sobreviviente de la trata de personas y explotación sexual, militante feminista y por la abolición de la prostitución.

“Hay cosas que todavía no me acuerdo. Una vez un psiquiatra me dijo que eso era común en las personas que han sido violadas, que borran de su memoria lo que les pasó, para sobrevivir”, cuenta Sonia a El Teclado.

La golpiza fue atroz –ella se negó a una práctica sexual violenta- pero marcó el fin de seis años de torturas y esclavitud.

Cuando salió de la Comisaría fue al hotel donde alquilaba una habitación y entró en lo que describe como un “shock emocional profundo”.

“Por primera vez lloré, lloré a esa adolescente violada y golpeada, lloré durante horas. La puta no tiene tiempo de llorar, sólo tiene tiempo de sobrevivir. Pero ya mi cuerpo y mi alma no aguantaron un cachito más de violencia”, relata Sonia.

Ese día se miró en el espejo y por primera vez no huyó de la imagen que le devolvía. “Fue la noche más larga y más oscura, pero terminó siendo liberadora”, remarca.

Hoy, Sonia da talleres de ESI en escuelas de todo el país y participa de congresos sobre trata de personas en distintas partes del mundo. En paralelo, milita activamente contra el proyecto presentado por la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina en Acción por Nuestros Derechos (AMMAR) –vinculada a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA)- para que la prostitución sea considerada trabajo sexual y, por ende, se encuadre a la actividad en un marco laboral.


Argentina es un país abolicionista desde 1937. ¿Cuál es el peligro de sindicalizar la prostitución como trabajo? Que se va a sacar del delito al proxenetismo en Argentina. Entonces los traficantes de personas y proxenetas dejarían de ser delincuentes y pasarían a ser grandes empresarios del sexo. En definitiva, AMMAR-Argentina no está luchando por los derechos de una puta, está luchando por los derechos de los varones a acceder a nuestros cuerpos”, considera Sonia.

Y agrega: “si se llegara a regular la prostitución como trabajo -como en Alemania y Holanda, donde la trata con fines de explotación sexual se ha profundizado inmensamente-, cuando un o una proxeneta agarre a tu hija o nieta lo primero que va a hacer es llevarla al sindicato de trabajadoras sexuales para que le den un carnet autónomo y libre. Y vos como madre o abuela, ¿a dónde vas a ir a reclamar o a denunciar?”

“La trata de personas con fines de explotación sexual existe porque existe la prostitución, la prostitución existe porque existen las putas y las putas existen porque hay varones que van de putas. Y esos varones viven en nuestras casas, son nuestros padres, maridos, hermanos, hijos, son los curas confesores, los pastores evangélicos, los rabinos, los jueces, los políticos y los sindicalistas”, destaca.

SU HISTORIA

Sonia Sánchez nació hace 57 años en Villa Ángela, provincia de Chaco, en “una familia muy trabajadora, pero empobrecida”, según describe.

“Éramos 7 hermanas mujeres, fuimos niñas cosecheras de algodón y después alternamos con empleo doméstico”, cuenta. A nivel escolar, cursó hasta tercer año de la secundaria y a los 15 abandonó para buscar un trabajo más estable.

"¿Cuál es el peligro de sindicalizar la prostitución como trabajo? Que se va a sacar del delito al proxenetismo en Argentina. Entonces los traficantes de personas y proxenetas dejarían de ser delincuentes y pasarían a ser grandes empresarios del sexo".


Estaba empezando la década del ‘80. Una de sus hermanas vivía en la Ciudad de Buenos Aires y, a través de su patrona, le consiguió un trabajo como empleada doméstica con cama adentro. Tenía 16 años.

En esa casa trabajaba por un sueldo muy bajo: de lunes a sábado dormía poco más de 4 horas por día; el franco de los domingos comenzaba recién a partir de las 12 del mediodía. Cuando pidió aumento y no se lo dieron, se fue. Se quedó 15 días en un hotel muy económico del barrio de Flores -sólo compraba leche y el diario Clarín para leer los clasificados- pero no consiguió trabajo y la echaron del lugar.

“Ahí comencé a vivir en la calle, primero en plaza Flores, después en la Plaza Miserere (Plaza Once). De día dormía en el Tren Sarmiento y de noche me quedaba despierta. Ahí aprendí a revolver la basura para comer, aprendí lo que es tener hambre, frío y miedo”, recuerda.

Y asegura que “hasta ese momento no sabía que existía la prostitución ni que existían los puteros y los proxenetas. Yo tenía 16 años y no había tenido ninguna relación sexual. Mi vida había sido la cosecha de algodón, la escuela, el empleo doméstico y alguna bailanta”.

“En la calle siempre estuve sola, pero un día me acerqué a una mujer que me produjo empatía; ella me dio unas monedas para comprarme champú, crema de enjuague y jabón. Cuando volví a la plaza ya bañada, le pregunté ‘¿y ahora qué hago?’ Ella me respondió: ‘nada, ahora sentate, que los hombres van a hacer todo’. Y así entró la prostitución en mi vida: por falta de educación, de trabajo, de un techo”, relata.


[Foto: Facebook]

Y continúa: “No me acuerdo del primer torturador prostituyente, de cómo me violó, de cuántas horas lo hizo. Sólo me veo entrando por primera vez, después de casi 6 meses sobreviviendo en la calle, con un plato de comida caliente. Y me vuelvo a recordar llorando bajo una larga ducha”.

En este contexto, Sonia estuvo detenida muchas veces. “En la Ciudad de Buenos Aires a las mujeres prostituidas las llevaban presas 21 días, en cambio los puteros volvían inmediatamente a sus casas con sus mujeres e hijos”, cuenta.

“MI PROXENETA FUE EL ESTADO”

Un día encontró un aviso en el diario que pedía camarera para trabajar en Río Gallegos, provincia de Santa Cruz. Sonia se presentó en el lugar y un hombre al que apodaban ‘Tarantini’ -por su parecido físico con el ex jugador de fútbol- le gestionó un pasaje de avión.

“Cuando llegué a Río Gallegos, me esperaba un señor con un cartel con mi nombre. Subimos a un remís y de repente vi dos cuadras de bares, uno al lado de otro. Se llamaban ‘casitas de tolerancia’ y todavía existen”, rememora.

La mentira no tardó en quedar al descubierto. Al llegar a destino, una mujer le aclaró con frialdad que en realidad no necesitaban camarera. “Me dijo que iba a ser una puta más. Así me traficaron”, dice Sonia.

 “No me acuerdo del primer torturador prostituyente, de cómo me violó, de cuántas horas lo hizo. Sólo me veo entrando por primera vez, después de casi seis meses sobreviviendo en la calle, con un plato de comida caliente. Me vuelvo a recordar llorando bajo una larga ducha”.


Y agrega: “Este tipo, ‘Tarantini’, vive aún. Sigue teniendo ese prostíbulo y tiene otro más en Calafate. Pertenece a una de las 5 familias de proxenetas que manejan toda la explotación sexual en Santa Cruz”.

Lo que siguió fue un sinnúmero de violaciones y otras torturas. “Éramos 10 mujeres, se decía que estábamos en el prostíbulo ‘VIP’ porque éramos todas adolescentes, de diferentes provincias. Había 5 habitaciones y en cada una comíamos y dormíamos 2 chicas. Ahí también éramos violadas anal, vaginal, bucal y emocionalmente: 15, 20, 25 veces por día, dependiendo del día”, explica.

Así estuvo varios meses, ya perdió la cuenta de cuántos. “Yo siempre busqué la salida, nunca me conformé, traté de estar siempre consciente de lo que pasaba a mi alrededor”, asegura.

En esta parte del relato vuelve a formarse un hueco en su memoria. Sonia insiste en que no recuerda cómo logró escapar de ese bar ni cómo volvió a la Ciudad de Buenos Aires. Lo que sí recuerda es que siguió ejerciendo la prostitución durante varios meses más en el barrio de Flores, ya sin proxeneta de carne y hueso. “Mi proxeneta fue el Estado violando mis derechos”, subraya.

LA RECONSTRUCCION

Después de esa golpiza que marcó un antes y un después en su vida, tuvo que reconstruirse.

“En la ducha me miré desnuda por primera vez –cuenta-. Yo rechazaba mi cuerpo, no lo podía mirar. Tuvieron que pasar largas y muchísimas duchas para mirar mi cuerpo y aceptarlo. Y luego tuve que aprender a abrazar, a acariciar, porque en la prostitución sólo hay manoseos. Entonces bajo largas duchas aprendí a abrazar y a acariciar, primero abrazándome”.

“Luego tuve que construir mi voz propia y empezar a nombrar las cosas por su verdadero nombre: no hay clientes, hay torturadores prostituyentes; la prostitución no es trabajo, es violencia”, reafirma.

Pasados 4 años, ya con un trabajo formal y “en construcción de sujeta de derechos” –como ella misma dice- conoció en una librería a quien luego sería su pareja y padre de su hijo Axel, que hoy tiene 27 años.

“Axel nació de la decisión de los dos, del amor de los dos”, sostiene Sonia, que también militó activamente por la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo que se aprobó en Argentina a fines de 2020.

Tengo 5 abortos dentro de la prostitución porque yo no iba a parir ningún hijo en esas condiciones", remarca.

En 2007, publicó junto a la activista boliviana María Galindo el libro “Ninguna mujer nace para puta” (editado por la cooperativa de trabajo Lavaca). También es autora de "La puta esquina: campo de concentración a cielo abierto" (Ediciones La Minga, 2018) y "¿Qué te indigna? Trata de personas con fines de explotación sexual", en coautoría con Ana Chávez.

“Lo único que no lograron destruir en mi la prostitución y la trata fue mi capacidad de amar”, concluye. [El Teclado].

"VIENEN POR NUESTRAS HIJAS Y NIETAS"

Bajo el argumento de que algunas mujeres sí ejercen la prostitución de manera voluntaria, la Asociación AMMAR milita desde hace una década por una Ley para legalizar la actividad.

La organización encabezada por Georgina Orellano reclama separar lo que denomina “trabajo sexual” del proxenetismo y la trata de personas y explicita algunos parámetros para ejercer la prostitución, como contar con la mayoría de edad y asistir a un curso gratuito brindado por la Autoridad de Aplicación que se designe.

Sonia Sánchez no sólo se opone fuertemente a este proyecto, sino que junto a otras organizaciones promueve una iniciativa legal que “castiga al torturador prostituyente”, más conocido como ‘cliente’.

El Código Penal argentino no condena a la persona que se prostituye pero sí establece penas para quien “explotare económicamente el ejercicio de la prostitución de una persona, aunque mediare el consentimiento de la víctima”, es decir, al proxeneta.

“Antes de preguntar si hay mujeres que lo hacen por placer, preguntemos: ¿por qué van los varones de putas? ¿Por qué necesitan violar a una mujer?”, indaga Sonia, y continúa: “describamos entonces el trabajo. Ninguna ‘fiola’ regulacionista te lo va a saber describir. Y ¿cómo sería la jubilación de una puta? ¿Cuántas chupadas de pene tendría que tener?”.

“Le llaman servicios sexuales, pero en realidad son distintas violaciones, con distintos nombres y distintos precios”, reafirma Sonia.

Y señala que “los puteros no hacen el amor, practican la violencia a través del sexo. ¿Esto se va a regular como trabajo?”

“Hoy ya no vienen por mí, vienen por nuestras hijas y nietas. Esa hija que vos crías en tu casa, que cuidás, alimentás, le das educación y tratás de que nadie la lastime, va a ser la puta del futuro de AMMAR-CTA, de diputadas y diputados que dicen que esto es trabajo”, cierra. [El Teclado].





COMENTÁ LA NOTA
Los comentarios realizados son de exclusiva responsabilidad de sus autores. Evitar comentarios ofensivos o que no respondan al tema abordado en la información.