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EL TECLADO | Opinión  Miercoles 05 de Agosto del 2026 - 12:00 hs.                308
  Opinión   05.08.2026 - 12:00   
OPINIÓN
Carta abierta al señor Presidente: en defensa del kiosquero
"Lo he oído hablar del kiosquero de la esquina. No conozco a ese hombre, aunque acaso todos lo conocemos", arranca la misiva de Daniel Kiper
Carta abierta al señor Presidente: en defensa del kiosquero


Señor Presidente:

Lo he oído hablar del kiosquero de la esquina. No conozco a ese hombre, aunque acaso todos lo conocemos. Cada barrio tiene el suyo: un hombre detrás de un mostrador y la esperanza, cada mañana más modesta, de que al anochecer los números cierren.

No soy kiosquero. Soy un ciudadano. Tampoco le escribo para pedirle que lo salve. Ningún gobierno puede garantizar el éxito de cada empresa ni preservar lo que el tiempo o la impericia han vuelto inviable.

Le escribo porque usted afirma que se ocupa de la macroeconomía, como si esta habitara una región abstracta, ajena a la suerte de ese hombre.

Pero la macroeconomía también entra en el kiosco.

Entra en la factura de electricidad, el alquiler, el precio de reposición y el interés que cobra el banco. Entra, sobre todo, en los bolsillos de los clientes: el jubilado que deja las galletitas, el trabajador que ya no compra la gaseosa, el muchacho que cuenta las monedas antes de elegir un alfajor.

Usted dice que tiene las palancas. La metáfora es exacta: una palanca permite mover, desde un punto distante, un peso mayor. Lo que parece olvidar es que, cuando alguien la acciona, algo se mueve en el otro extremo.

Se mueve cuando cambia el dólar, sube la tasa, se paraliza una obra, se modifica un impuesto, se contrae deuda o se abren las importaciones. En un extremo está la decisión general; en el otro, sus innumerables consecuencias particulares.

Alguien gana y alguien pierde. Alguien cobra más por prestar y otro paga más por producir. Un número desaparece del presupuesto y reaparece, transfigurado, en el salario perdido, la venta que no se realiza o la persiana que se cierra.

No toda intervención es virtuosa. La historia argentina conoce subsidios para los amigos y empresarios enriquecidos por el favor oficial. Pero identificar toda política concreta con la corrupción es tan arbitrario como suponer que toda decisión macroeconómica es inocente por el solo hecho de ser general.

Entre el privilegio y el abandono existe una vasta región: la de las reglas transparentes, las condiciones y los controles.

Tal vez aquel kiosquero deba cerrar. Pero antes de condenarlo convendría preguntar si su negocio dejó de ser viable por sus errores o porque sus clientes perdieron ingresos, sus costos aumentaron y el crédito desapareció.

Las dos historias pueden terminar con la misma persiana baja, pero no son la misma historia.

No le pido que salve al kiosquero. Le pido algo acaso más difícil: que reconozca que ninguna de las palancas que gobierna es neutral y que no atribuya únicamente al individuo las derrotas que también fueron determinadas por el poder.

El kiosquero levanta la persiana, compra, vende, paga y espera. Usted se ocupa de la macroeconomía.

Tal vez sean dos nombres para una misma trama. Las líneas se cruzan en un lugar preciso: la caja del kiosco.


Atentamente,

Daniel Kiper

Apenas un ciudadano.



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