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EVITA
Se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Evita, la abanderada de los humildes
El 26 de julio de 1952 no murió una mujer cualquiera; ese día nació el mito de Eva Duarte de Perón. Vida e historia de una referente siempre vigente.
Se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Evita, la abanderada de los humildes


El reloj marcaba las 20:25 cuando el hilo de voz que paralizaba e incendiaba a un país entero se apagó para siempre. Ese 26 de julio de 1952 no murió una mujer cualquiera; ese día nació el mito de Eva Duarte de Perón. La Argentina, siempre inclinada al abismo de sus pasiones encontradas, se dividió de golpe en dos: la de las lágrimas interminables sobre un ataúd de cristal y la de quienes, desde el odio más visceral, llegaron a pintar muros con la consigna "viva el cáncer".

Para entender la magnitud del impacto de su partida, hay que desandar el camino de una muchacha que desafió a todas las estructuras de su tiempo.

De los barrotes de Los Toldos a los balcones de la historia

Eva no nació rodeada de privilegios. Hija no reconocida, creció bajo el estigma de la ilegitimidad en un pueblo del interior bonaerense. Sin más armas que una voluntad de hierro y el sueño ardiente de actuar, llegó a Buenos Aires a los quince años. La capital la recibió con la dureza que suele reservar para los provincianos sin apellido: pensiones de mala muerte, papeles secundarios y peleas cotidianas en el ambiente radial y teatral.

Pero el destino tenía pactada una cita diferente. En enero de 1944, el terremoto de San Juan provocó otro sismo, esta vez político y sentimental. En el Luna Park, durante un acto de beneficencia para las víctimas del sismo, Eva Duarte conoció al coronel Juan Domingo Perón. La química fue instantánea; la alianza, indestructible.


Con Perón en la presidencia a partir de 1946, Eva no se conformó con el rol decorativo que la tradición reservaba para las primeras damas. Rechazó la presidencia de la Sociedad de Beneficencia —esa institución donde las damas de la alta sociedad repartían limosnas con cuentagotas— y construyó su propio aparato de poder: la Fundación Eva Perón.

Desde allí levantó hospitales, escuelas, hogares para ancianos y de tránsito. Creó la Ciudad Infantil, envió ayuda social hasta el último rincón de la patria y gestionó la promulgación de la Ley 13.010, que le otorgó el voto femenino a las mujeres argentinas en 1947.

Pero "Evita", como exigió que la llamaran los descamisados, no solo repartía máquinas de coser y juguetes. Repartía dignidad, y al hacerlo, desataba el furor fanático de las masas obreras y el desprecio encarnizado de las clases acomodadas y las Fuerzas Armadas, que veían en ella a una advenediza peligrosa.

El renunciamiento y la agonía

El pico más dramático de su carrera política ocurrió el 22 de agosto de 1951. Más de dos millones de personas se congregaron en la Avenida 9 de Julio en el histórico Cabildo Abierto del Justicialismo. La multitud exigía la fórmula Perón-Eva Perón para las siguientes elecciones. Sin embargo, la presión militar y las primeras sombras de su enfermedad truncaron ese anhelo. Nueve días después, por cadena nacional, anunció su renunciamiento "a la candidatura, no a la lucha".

El cáncer de cuello uterino la consumió con una voracidad feroz. A pesar de los dolores insoportables y de pesar poco más de 30 kilos, el 4 de junio de 1952 acompañó a Perón en la carroza descubierta para la toma de su segundo mandato, sostenida por un arnés de cuero y alambre bajo su abrigo. Fue su última aparición pública.

El mito inquebrantable

Tras su muerte, el país guardó un duelo nacional de 16 días. Millones de personas hicieron filas de hasta tres kilómetros bajo la lluvia para darle el último adiós en la CGT. La oligarquía creyó que con su desaparición física se terminaba el fenómeno, pero la historia demostró lo contrario: el secuestro y la profanación de su cadáver por parte de la dictadura de 1955 solo profundizaron la leyenda.

A más de siete décadas de su paso a la inmortalidad, la figura de Eva Perón trasciende las fronteras partidarias. Amada por millones, criticada por sus detractores, nadie puede negar que su vida fue un meteoro que transformó la política argentina para siempre. Eva no dejó indiferente a nadie: vivió rápido, amó con furia y murió joven, garantizando así su lugar definitivo en la memoria colectiva de un pueblo que todavía la nombra.



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