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*Por Daniel Kiper
Durante casi setenta minutos Argentina fue un equipo ordenado.
Y jugó mal.
Respetó las posiciones, administró la pelota, elaboró cada ataque con paciencia y trató de imponer una lógica que, lejos de acercarla al gol, terminó encerrándola dentro de un laberinto construido por ella misma. El orden dejó de ser una virtud para convertirse en un límite.
Entonces llegó el 0-2.
Y con ese gol también cayó una certeza.
Los rivales ya estudiaron a nuestra Selección. Conocen sus movimientos, saben cómo inicia los ataques, por dónde intenta progresar y cuáles son sus circuitos habituales de juego. El campeón del mundo ya no sorprende por el dibujo. Y cuando todos conocen el dibujo, el problema deja de ser táctico para convertirse en creativo.
Entonces ocurrió algo curioso.
Argentina dejó de jugar donde el pizarrón le indicaba y empezó a jugar donde el partido lo reclamaba. Los futbolistas dejaron de esperar la jugada prevista para empezar a construir la jugada impensada. Los defensores aparecieron en campo rival. Los mediocampistas rompieron líneas. Julián Álvarez dejó de ser solamente un centrodelantero para transformarse, al mismo tiempo, en recuperador, mediocampista y lanzador. Lautaro Martínez abandonó la referencia fija y Lionel Messi dejó de esperar la pelota para salir a buscar el partido sobre la derecha, donde empezó a encontrar espacios que antes no existían.
El equipo perdió orden.
Es cierto.
Pero encontró el fútbol que necesitaba para cambiar la historia.
Apareció el potrero.
Ese territorio donde el talento deja de pedir permiso.
Desde hace algunos años el fútbol parece haber confundido organización con inmovilidad. Se habla de estructuras, automatismos, mecanismos y ocupación racional de los espacios como si el objetivo fuera reproducir un plano de arquitectura y no ganar un partido.
La escuela dominante del fútbol contemporáneo perfeccionó el orden. Lo convirtió en una herramienta formidable, capaz de reducir al mínimo el margen del error.
Pero el fútbol nunca fue sólo una ciencia.
Es, sobre todo, imaginación.
Es el arte de lo impensado.
El fútbol argentino construyó buena parte de su identidad alrededor de esa virtud: la capacidad de improvisar cuando el orden deja de ofrecer respuestas; de alterar el libreto cuando el partido exige una solución que ningún entrenamiento había previsto.
Los grandes goles de nuestra historia trascendieron cualquier planificación. El de Mario Kempes en la final de 1978, el segundo de Diego Maradona frente a Inglaterra en 1986 o la jugada que culminó con la definición de Ángel Di María en la final de Qatar no pueden comprenderse únicamente desde un pizarrón. Fueron la expresión de un talento que, en el instante decisivo, eligió un camino que nadie había imaginado.
Porque el fútbol nunca fue un deporte de planos.
Fue siempre un deporte de excepciones.
Los grandes jugadores no cambiaron la historia por respetar un esquema.
La cambiaron porque, cuando el sistema dejó de ofrecer respuestas, tuvieron el coraje de inventar una jugada que nadie había previsto.
Las defensas cerradas no suelen vencerse por insistencia. Tampoco por acumulación de pases. Se rompen cuando alguien hace aquello que el rival no esperaba.
Argentina necesita mover la pelota con mayor velocidad, ensanchar la cancha hasta obligar al adversario a perder sus líneas defensivas y atacar por donde nadie imagina. Porque el espacio, muchas veces, no se encuentra: se fabrica.
Durante buena parte del encuentro frente a Egipto ocurrió exactamente lo contrario.
La sociedad entre Rodrigo De Paul y Leandro Paredes administró el juego, pero casi nunca lo aceleró. La circulación por abajo y por el centro hizo que cada ataque quedara atrapado en un plan defensivo estudiado con demasiada anticipación.
Egipto sólo tuvo que esperar.
Esperó.
Y defendió.
Hasta que Argentina dejó de ser previsible.
La jugada del tercer gol resume mejor que cualquier explicación esta idea. Julián Álvarez recuperó una pelota al borde de nuestra propia área e inició un contraataque que ningún pizarrón habría dibujado de ese modo. Lautaro Martínez atacó el espacio y, cuando el orden indicaba detener la jugada para esperar la llegada de los compañeros, eligió un pase inmediato y preciso. Enzo Fernández irrumpió desde atrás para convertir una acción nacida del talento de tres futbolistas que decidieron interpretar el partido antes que obedecer un esquema.
Fue una jugada imposible de anticipar.
No propongo el caos.
Propongo desconfiar de un orden que termina convirtiéndose en una cárcel para el talento.
Los equipos necesitan organización para defender.
Pero también necesitan la libertad suficiente para romper su propio libreto cuando el partido lo exige. Ningún sistema puede prever todas las respuestas. Los grandes equipos son aquellos que, sin renunciar a una idea de juego, conservan la capacidad de sorprender incluso cuando todos creen conocerlos.
Lionel Scaloni ha construido una de las mejores selecciones de la historia argentina. Nadie puede discutirlo. Precisamente por eso, el desafío ya no consiste en repetir aquello que ya funcionó. En un Mundial, cada partido ofrece nuevas respuestas, pero también obliga a formular nuevas preguntas.
Dentro de unos días, el próximo rival llegará con horas de video, estadísticas y movimientos estudiados. Sabrá cómo presiona Argentina, cómo sale jugando, dónde recibe Messi, cuándo rompe Julián Álvarez y cómo intenta progresar el mediocampo.
Lo único que no podrá estudiar es aquello que todavía no existe.
Algo parecido ocurrió en 2006. Frente a Alemania, José Pékerman eligió preservar el orden cuando el partido pedía imaginación. Juan Román Riquelme salió de la cancha, Pablo Aimar permaneció en el banco y un joven Lionel Messi no ingresó. Argentina perdió mucho más que un partido: perdió la oportunidad de apostar por lo inesperado.
Porque cuando todos conocen tu plan, el verdadero plan consiste en inventar uno nuevo.
Las pizarras ayudan a ganar partidos.
La imaginación gana los que parecían imposibles.
El fútbol, al final, siempre recompensa a quienes tienen el coraje de hacer lo impensado.
*Abogado