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#Por Daniel Kiper
Hay textos que anuncian una renuncia y cartas que, sin proponérselo, terminan confesando una época. La de Manuel Adorni pertenece a esa extraña estirpe de documentos que parecen escritos por un hombre empeñado en convencer al mundo de que jamás llovió sobre su casa mientras todavía lleva los zapatos embarrados.
Leí sus tres páginas con la obstinación con que los viejos esperan las cartas que nunca llegan. Esperaba encontrar el relato de una gestión, el inventario de las decisiones tomadas, la explicación de los aciertos o siquiera la humilde enumeración de los errores.
Pero las páginas estaban pobladas por otra fauna: conspiraciones que crecían de noche como los yuyos, operaciones mediáticas que flotaban en el aire como un polen maligno, periodistas convertidos en cazadores de sombras y una interminable procesión de agravios que parecían haber elegido al autor como único destinatario de las desgracias nacionales.
Era un hombre perseguido. Tan perseguido que uno terminaba preguntándose cómo había encontrado tiempo para gobernar o, al menos, para comunicar las razones del Gobierno.
Durante años había explicado, con la seguridad de quien cree haber domesticado la verdad, que las víctimas eran actores de reparto, que los periodistas mentían por oficio, que los opositores lloraban por costumbre y que toda denuncia era apenas una coartada de los derrotados.
Pero el poder tiene la extravagante costumbre de convertir a los inquisidores en penitentes. De pronto, el hombre que despreciaba la victimización descubrió que el universo entero conspiraba contra él.
La ironía, que suele ser más paciente que la justicia, se tomó su tiempo.
Para demostrar que todas las acusaciones eran falsas, dedicó buena parte de la carta a recordarlas una por una. Desfilaron sociedades, criptomonedas, patrimonios, gastos, privilegios y pendrives cargados de dólares con la incómoda insistencia de los fantasmas que vuelven al escenario cuando el director ya ha anunciado el final de la obra. Ninguna fue respondida; todas fueron evocadas. La carta terminó pareciéndose menos a una despedida que al índice comentado de un expediente que el autor hubiera preferido no mencionar.
Entonces apareció la verdadera ausencia.
No solo faltan explicaciones sobre las acusaciones. Faltan explicaciones sobre la gestión.
Hay un silencio que pesa más que cualquier palabra, y es el silencio de las cosas que deberían haberse dicho. No hubo un balance de su labor, ni una reflexión sobre el Estado, ni una sola línea dedicada a aquello por lo que la historia, y no los periodistas, suele juzgar a los funcionarios.
Es una curiosidad digna de los cronistas: el portavoz oficial que se despide sin hablar de la palabra oficial.
Mientras tanto, la República —esa anciana olvidada que todavía insiste en llevar un libro de cuentas debajo del brazo— continúa formulando preguntas de una vulgaridad insoportable. Cómo creció el patrimonio de algunos funcionarios. Cómo se financiaron determinados gastos. Cómo convive el sermón de la austeridad con ciertos privilegios que parecen inmunes a los ajustes. Cómo distinguir una operación de una investigación cuando el discurso oficial se empeña en llamarlas exactamente igual para licuar su peso.
Porque en política existe una superstición muy útil: llamar persecución a todo aquello que no se puede explicar.
Pero las democracias despiertas sobreviven precisamente porque desconfían de las palabras mágicas. No basta con pronunciar “todo es mentira” para que las preguntas desaparezcan. Las preguntas tienen la mala educación de quedarse sentadas en la puerta de la historia hasta que alguien decide responderlas.
El ex funcionario escribe que se marcha con la conciencia tranquila. Es posible. La conciencia es un territorio privado donde no rige la auditoría pública.
Lo que no es privado son las responsabilidades.
Los ciudadanos también quisiéramos dormir tranquilos. Pero nuestro insomnio no se cura con cartas emocionadas ni con la épica del perseguido. Se cura con documentos, explicaciones, declaraciones patrimoniales transparentes y la saludable costumbre republicana de rendir cuentas.
Las cartas sirven para despedirse.
Los gobiernos, en cambio, están obligados a explicar.
Y esa fue, precisamente, la única historia que el autor decidió dejar inédita.
#Abogado