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Por Daniel Kiper
Las imágenes tienen la textura de esas jornadas destinadas a permanecer en la memoria colectiva mucho después de que sus protagonistas hayan desaparecido.
Desde temprano, en ciudades grandes y pequeñas, en avenidas y calles de barrio, comenzó a reunirse una multitud imposible de contar. Llegaban de todas partes. Algunos caminaban en silencio. Otros llevaban banderas, fotografías gastadas por los años o camisetas que habían sobrevivido a innumerables recitales. Muchos simplemente querían estar allí.
Las veredas se fueron llenando lentamente hasta convertirse en un río humano.
Entre la multitud convivían generaciones enteras. Jóvenes que conocieron al Indio a través de grabaciones heredadas y hombres y mujeres capaces de recordar con precisión el primer recital al que asistieron décadas atrás. Obreros, estudiantes, profesionales, comerciantes, jubilados. Personas que probablemente jamás se habrían encontrado en otra circunstancia y que, sin embargo, compartían una misma necesidad: despedir a alguien que había acompañado buena parte de sus vidas.
Cada tanto, como si obedecieran a una señal invisible, brotaba una canción.
Comenzaba en una esquina, en una fila, en un pequeño grupo de amigos, y poco a poco iba creciendo hasta envolver a centenares de personas. Entonces las voces se confundían en una sola voz. Durante algunos minutos desaparecían las diferencias, las edades y los nombres propios. Quedaba únicamente una comunidad reunida alrededor de melodías que todos conocían de memoria.
Había lágrimas, pero no predominaba la tristeza.
Lo que se veía era algo más complejo y más profundo: una forma de gratitud.
La gratitud de quienes comprendían que estaban despidiendo a alguien que había acompañado sus amores, sus amistades, sus derrotas, sus sueños y sus esperanzas. Porque las canciones poseen un privilegio extraño: logran entrar en la intimidad de las personas y quedarse allí para siempre.
Por eso las grandes despedidas populares nunca pertenecen únicamente a quien parte.
También pertenecen a quienes se quedan.
Durante décadas, el Indio Solari fue mucho más que un músico. Fue una presencia constante en la educación sentimental de varias generaciones argentinas. Sus canciones viajaron en trenes abarrotados, en colectivos nocturnos, en rutas interminables y en habitaciones donde alguien buscaba palabras para nombrar aquello que sentía.
Tal vez por eso la multitud que hoy lo acompaña no parece despedir solamente a un artista.
Parece despedir una parte de su propia biografía.
El domingo, cuando el cortejo avance entre calles colmadas de gente, no caminarán únicamente unos restos mortales. Caminarán también miles de historias personales que durante años encontraron refugio en una canción, en una frase o en una voz.
Y entonces ocurrirá lo que sólo ocurre con los artistas verdaderamente populares: el hombre desaparecerá para siempre, pero el mito seguirá caminando entre la gente.
Porque hay artistas que llenan estadios. Hay artistas que venden millones de discos.
Y hay unos pocos, muy pocos, que logran algo infinitamente más difícil: convertirse en parte de la memoria sentimental de un pueblo.
Esos artistas no mueren del todo. Su arte vence al tiempo.