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  Opinión   20.05.2026 - 07:00   
OPINIÓN
El fin de la realidad: tecnología, poder y percepción humana
"No se trata de que los hombres piensen igual. Por el contrario. La libertad sólo existe allí donde los individuos pueden discrepar, discutir y confrontar ideas sin miedo. Pero incluso el desacuerdo necesita un suelo común: ciertos hechos aceptados, ciertos lenguajes compartidos y cierta confianza mínima en que la verdad existe independientemente de nuestras preferencias o emociones", señala el abogado Daniel Kiper.
El fin de la realidad: tecnología, poder y percepción humana


Por Daniel Kiper


Toda sociedad abierta descansa sobre una condición elemental: la existencia de una realidad compartida.

No se trata de que los hombres piensen igual. Por el contrario. La libertad sólo existe allí donde los individuos pueden discrepar, discutir y confrontar ideas sin miedo. Pero incluso el desacuerdo necesita un suelo común: ciertos hechos aceptados, ciertos lenguajes compartidos y cierta confianza mínima en que la verdad existe independientemente de nuestras preferencias o emociones.

Cuando esa base comienza a fragmentarse, la democracia empieza lentamente a debilitarse.

La primera gran consecuencia política de la revolución tecnológica contemporánea no es económica. Es cultural y, sobre todo, epistemológica: la erosión progresiva de una experiencia común de la realidad.

Durante siglos, las sociedades construyeron instituciones destinadas precisamente a organizar esa experiencia compartida. La escuela, la universidad, los periódicos, el parlamento, la justicia e incluso ciertas expresiones culturales populares funcionaban como mecanismos imperfectos —pero indispensables— para producir una conversación colectiva sobre el mundo.

Eran instituciones falibles. Pero permitían algo esencial: que los individuos discutieran dentro de un marco relativamente común de hechos y referencias.

Ese equilibrio empieza a resquebrajarse.

Las redes sociales y los algoritmos de personalización alteraron profundamente la forma en que percibimos el mundo. Ya no habitamos exclusivamente un espacio público homogéneo. Habitamos también sistemas de percepción parcialmente personalizados, organizados algorítmicamente según hábitos de consumo, emociones, temores y preferencias individuales.

El célebre “diario de Yrigoyen” —aquel periódico supuestamente confeccionado para alterar la percepción del presidente argentino— ha dejado de ser una simple anécdota política para convertirse en una poderosa metáfora contemporánea. Cada individuo recibe ahora una selección distinta de noticias, imágenes, opiniones y estímulos diseñada por sistemas invisibles que jerarquizan aquello que debe ver, aquello que debe ignorar y aquello que probablemente captará más intensamente su atención.

La consecuencia no es solamente la polarización política.

Es algo más profundo: el debilitamiento gradual de las condiciones culturales necesarias para sostener una conversación democrática común.

La sociedad del espectáculo permanente.

Mucho antes de la inteligencia artificial, Guy Debord advirtió en La sociedad del espectáculo que las sociedades modernas tendían progresivamente a reemplazar la experiencia directa por representaciones.

“La realidad surge en el espectáculo y el espectáculo es real”, escribió Debord en 1967.

La frase parece adquirir hoy una nueva dimensión.

Buena parte de la experiencia humana contemporánea transcurre mediada por pantallas, plataformas y algoritmos. La vida pública se organiza crecientemente alrededor de imágenes, tendencias, escándalos instantáneos y emociones fugaces.

Pero el espectáculo digital contemporáneo posee una diferencia decisiva respecto de la televisión del siglo XX: ya no es uniforme.

Cada usuario recibe una percepción parcialmente distinta del mundo.

La fragmentación algorítmica no elimina completamente la realidad compartida, pero sí debilita progresivamente la posibilidad de una conversación democrática basada en experiencias comunes.

El problema no es tecnológico. Es político.

En The End of Reality, Jonathan Taplin sostiene que una nueva élite tecnológica —integrada por figuras como Elon Musk, Peter Thiel, Mark Zuckerberg y Marc Andreessen— impulsa un modelo de organización social donde los algoritmos y las plataformas digitales adquieren funciones históricamente reservadas a instituciones democráticas y espacios públicos tradicionales.

La tesis puede parecer excesiva en algunos aspectos. Sin embargo, contiene una advertencia filosófica relevante: toda concentración de poder que escape al control público termina afectando inevitablemente la libertad.

Karl Popper comprendió que la cuestión central de la democracia no era “quién debe gobernar”, sino cómo impedir que cualquier forma de poder se vuelva inmune a la crítica.

Ese interrogante reaparece hoy bajo nuevas formas.

Porque el problema contemporáneo no consiste simplemente en la existencia de nuevas herramientas digitales.

El problema aparece cuando sistemas privados adquieren capacidad creciente para influir simultáneamente en la circulación de información, el debate público, la publicidad, el comercio, las relaciones sociales y parcialmente la percepción colectiva de la realidad.

Allí donde el poder deja de encontrar límites institucionales adecuados, la libertad comienza lentamente a deteriorarse.

La nueva fábrica invisible

La Revolución Industrial transformó el cuerpo humano en fuerza productiva. El capitalismo digital aspira a algo más ambicioso: convertir la atención humana en recurso económico.

La antigua fábrica disciplinaba cuerpos.

La nueva fábrica organiza percepciones, hábitos y conductas.

Cada clic, búsqueda, conversación o reacción emocional produce datos que alimentan sistemas destinados a anticipar comportamientos futuros.

No se trata únicamente de vender productos.

Se trata también de influir decisiones y captar atención.

La reflexión de Karl Marx sobre la expansión de la lógica mercantil parece adquirir aquí nuevas formas. El capitalismo industrial mercantilizaba principalmente trabajo y tiempo. El capitalismo digital tiende además a transformar en mercancía la atención, las preferencias, los vínculos, el lenguaje, los hábitos culturales y los datos personales.

La materia prima decisiva del siglo XXI ya no es solamente el petróleo ni el acero.

Son los datos humanos.

Vigilancia y control.

Michel Foucault explicó que las sociedades modernas evolucionaban desde formas visibles de coerción hacia mecanismos más sofisticados de vigilancia y normalización.

El viejo poder castigaba.

El nuevo poder observa, registra y clasifica.

La arquitectura digital contemporánea parece llevar esa lógica a una escala inédita.

Los individuos entregan voluntariamente información íntima sobre sus hábitos, sus recorridos, sus consumos, sus emociones, sus opiniones, y sus relaciones personales.

Esos datos permiten construir sistemas capaces de anticipar comportamientos con una precisión creciente.

El resultado no es únicamente vigilancia comercial.

Es también una nueva forma de poder invisible, permanente y descentralizado que influye sobre deseos, percepciones y conductas.

La erosión de la verdad.

Hannah Arendt advirtió que los regímenes totalitarios necesitaban destruir previamente la frontera entre verdad y mentira. Allí donde los individuos dejan de distinguir entre hechos y ficción, la deliberación democrática se vuelve extremadamente frágil.

El fenómeno contemporáneo presenta una particularidad inquietante: los algoritmos no necesitan perseguir deliberadamente la mentira para debilitar la verdad.

Les basta con privilegiar aquello que genera mayor interacción emocional.

La indignación, el miedo y el tribalismo suelen producir más tráfico que la reflexión racional. El sistema, entonces, tiende a amplificar automáticamente los contenidos más extremos, simplificados o emocionalmente intensos.

No existe necesariamente una conspiración centralizada.

Existe algo más complejo: una lógica económica que transforma la atención humana en mercancía y que encuentra enorme rentabilidad en la hiperestimulación emocional permanente.

Inteligencia artificial y crisis del trabajo humano.

La inteligencia artificial amplifica todavía más este fenómeno.

La automatización industrial reemplazó fuerza física. La inteligencia artificial comienza a reemplazar parcialmente funciones cognitivas: lenguaje, análisis, creatividad y ciertos procesos de decisión.

Por primera vez en la historia moderna, amplios sectores profesionales descubren que también parte de sus capacidades intelectuales podrían volverse parcialmente sustituibles.

El problema no es solamente laboral.

Es también existencial.

Porque el trabajo nunca fue únicamente ingreso económico. También proporcionó identidad, reconocimiento y pertenencia social.

Una sociedad donde millones de individuos perciban que su función humana pierde centralidad enfrentará inevitablemente tensiones culturales, psicológicas y políticas profundas.

La pregunta ya no es sólo qué producirán las máquinas.

La verdadera pregunta es qué lugar conservará el ser humano dentro de una civilización crecientemente automatizada.

El manifiesto tecnológico

En 2023, Marc Andreessen publicó su Techno-Optimist Manifesto, donde sostiene que el desarrollo tecnológico constituye la principal fuerza de progreso humano y que limitarlo excesivamente representaría un riesgo para la civilización.

La posición expresa con claridad la fe tecnológica dominante en buena parte de Silicon Valley.

Y sería intelectualmente deshonesto ignorar que la tecnología efectivamente produjo avances extraordinarios: expansión del conocimiento, innovación médica, acceso masivo a información, mejoras productivas y nuevas posibilidades de comunicación humana.

La tragedia contemporánea no reside en la existencia de tecnología poderosa, sino en la posibilidad que herramientas capaces de ampliar enormemente la libertad humana terminen utilizadas para administrar, predecir y condicionar conductas a escala masiva.

Porque el problema nunca fue la herramienta.

El problema siempre fue el poder.

La defensa de la sociedad abierta.

Toda innovación importante produjo simultáneamente emancipación y nuevas formas de dominación.

La imprenta expandió conocimiento y propaganda. La radio difundió cultura y también totalitarismos. Internet democratizó información y al mismo tiempo concentró poder económico sin precedentes.

La cuestión decisiva nunca fue tecnológica en sentido estricto.

Siempre fue política e institucional: cómo impedir que cualquier concentración de poder se vuelva ilimitada.

Ese es, en el fondo, el núcleo de toda filosofía democrática moderna: ningún poder debe quedar exento de crítica. Ni el Estado. Ni el mercado. Ni la tecnología.

La humanidad ingresa en una transformación civilizatoria inédita.

Por primera vez, sistemas artificiales pueden intervenir simultáneamente en la economía, la política, la cultura, el lenguaje y la construcción subjetiva de millones de personas.

No enfrentamos simplemente una revolución técnica.

Enfrentamos una disputa sobre la propia definición de lo humano.

Y acaso la gran pregunta filosófica del siglo XXI no sea si las máquinas podrán pensar como nosotros.

La verdadera pregunta es otra: si los seres humanos conservarán todavía la capacidad de pensar críticamente y deliberar libremente en un mundo organizado crecientemente por algoritmos, automatizaciones y sistemas invisibles de influencia.

Porque las sociedades libres no desaparecen únicamente por la violencia.

También pueden erosionarse lentamente cuando la realidad compartida se fragmenta hasta el punto de volver imposible la conversación democrática que las sostiene.