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  Opinión   09.05.2026 - 23:17   
OPINIÓN
La sobreviviente
"Pedir la renuncia de un funcionario es una ruptura. Pedirle que explique lo que debe explicar es una distancia prudente. Es dejar constancia. Es anticipar el archivo. Es decir, sin decirlo: si esto se hunde, yo lo advertí", señala Daniel Kiper.
La sobreviviente

Por Daniel Kiper

Adorni no presentó todavía su declaración jurada, pero Patricia Bullrich ya presentó la suya: una declaración política.

No está escrita en formularios patrimoniales ni lleva la firma de un contador. Es más antigua, más astuta y acaso más decisiva. Consiste en advertir, antes que los otros, cuándo una lealtad empieza a transformarse en lastre.

“Ahora es el momento de la prueba”, dijo Bullrich, al reclamar que el jefe de Gabinete exhiba de inmediato aquello que dice poder explicar. La frase, como suele ocurrir en política, parece dirigida a un funcionario, pero habla de otra cosa. Habla del porvenir.

Bullrich sabe que los gobiernos no caen siempre por sus enemigos. A veces se empantanan en sus propias sombras. Y cuando la palabra corrupción empieza a rodear a un gobierno que hizo de la pureza moral su bandera, el peligro deja de ser judicial para volverse simbólico.

En ese instante aparece ella.

No para romper del todo. No todavía. Bullrich rara vez se arroja al vacío. Primero mide el suelo. Luego da un paso. Después explica que siempre estuvo allí.

Su historia política podría leerse como una sucesión de mudanzas ideológicas; acaso sea más preciso verla como una larga educación en el arte de sobrevivir. Fue parte del peronismo combativo, acompañó el ciclo menemista, integró la Alianza, se acercó a López Murphy, caminó con Carrió, fue ministra de Mauricio Macri, presidió el PRO, enfrentó a Javier Milei, lo apoyó, se incorporó a su gobierno y desembarcó en La Libertad Avanza.

Cada época le exigió una lengua distinta. Ella las habló todas.

Otros dirigentes conservan una doctrina como quien conserva la casa familiar. Bullrich parece preferir los pasaportes. No habita las ideas: las atraviesa. No pertenece del todo a ningún territorio, pero conoce los caminos de salida de todos.

Por eso su crítica a Adorni no debe leerse como un simple reclamo de transparencia. Es también una señal. Bullrich percibe que el caso amenaza con perforar el relato fundacional del mileísmo: la promesa de no ser “iguales a los que vinimos a correr”. Esa frase, que ella misma utilizó, contiene una advertencia más severa que cualquier denuncia opositora.

Porque no acusa desde afuera. Señala desde adentro.

Patricia Bullrich parece seguir una regla: nunca quedar atrapada en el cuarto que empieza a incendiarse.

Milei salió a defender a Adorni. Dijo que no lo iba a “ejecutar” y que no se iría “ni en pedo”. Bullrich, en cambio, hizo algo más sutil: no pidió su cabeza; pidió sus papeles.

Es una diferencia decisiva.

Pedir la renuncia de un funcionario es una ruptura. Pedirle que explique lo que debe explicar es una distancia prudente. Es dejar constancia. Es anticipar el archivo. Es decir, sin decirlo: si esto se hunde, yo lo advertí.

Esa ha sido, quizá, su verdadera ideología durante medio siglo: no la izquierda, ni la derecha, ni el republicanismo, ni la mano dura, ni el liberalismo. Su ideología ha sido la permanencia.

Patricia Bullrich no siempre gana. Pero casi nunca desaparece.

Y en la Argentina, donde los partidos se rompen, las coaliciones envejecen, los liderazgos se consumen y las certezas duran menos que una campaña electoral, esa persistencia adquiere la forma extraña de una virtud.

Adorni todavía debe presentar su declaración jurada.

Bullrich, en cambio, parece estar siempre un paso antes del derrumbe y dos pasos después de las explicaciones.


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