22 ºC
Por Daniel Kiper
Hay épocas que ignoran estar viviendo un cambio histórico y otras —más infrecuentes— que sienten, con una mezcla de fascinación y de terror, que el mundo conocido comienza a retirarse lentamente de la escena.
Las ciudades que se avecinan estarán habitadas por vehículos sin conductores, fábricas sin obreros y oficinas vacías donde las computadoras conversarán entre sí en un idioma ya no necesariamente comprensible para los hombres.
Algún día, acaso, alguien recordará que hubo un tiempo en que el trabajo era una forma de pertenecer al mundo.
Tiempos en que los panaderos se despertaban antes del alba y los abogados cargábamos expedientes como quien carga su propia biografía. Los obreros salían de las fábricas cubiertos de grasa y cansancio, y ese cansancio —que podía parecer una desgracia— era también una prueba de existencia. El hombre regresaba a su casa sabiendo que había sido necesario para algo.
Durante siglos, el trabajo fue mucho más que un medio de subsistencia. Fue una forma de ordenar el tiempo, de conferir identidad y de justificar, acaso ilusoriamente, un lugar en el universo. El campesino araba la tierra; el herrero repetía técnicas heredadas; el empleado clasificaba papeles en oficinas interminables donde cada sello parecía confirmar que el mundo poseía todavía un orden inteligible.
Las revoluciones industriales alteraron esas ceremonias. La máquina de vapor desplazó al artesano; la electricidad multiplicó las fábricas; la informática redujo distancias y reemplazó memorias humanas por memorias mecánicas. Sin embargo, subsistía una compensación secreta: el hombre expulsado de una actividad encontraba refugio en otra. El progreso destruía oficios, pero inventaba nuevos trabajos donde los hombres podían seguir viviendo útilmente.
La inteligencia artificial introduce una novedad más inquietante.
Por primera vez, la máquina no sólo reemplaza la fuerza física del hombre, sino ciertos mecanismos de nuestra inteligencia, y en muchos casos comienza incluso a superarlos. Redacta textos, formula diagnósticos, analiza contratos, produce imágenes, traduce idiomas, organiza sistemas financieros y aprende, con una paciencia inhumana, aquello que antes parecía reservado a la conciencia.
No se trata ya de una herramienta: comienza a parecerse a un espejo.
La agricultura, que alguna vez ocupó a casi toda la humanidad, hoy necesita apenas un puñado de hombres rodeados de tecnología. La industria avanza hacia fábricas silenciosas donde brazos mecánicos ejecutan tareas con una precisión desprovista de fatiga y de orgullo. El sector servicios —ese vasto refugio moderno de oficinistas, contadores, administrativos y profesionales— empieza también a desvanecerse bajo el orden invisible del algoritmo.
Tal vez el rasgo más singular de esta revolución sea su simultaneidad. Las anteriores desplazaban sectores parciales; ésta parece avanzar sobre todos los territorios al mismo tiempo, como ciertos imperios antiguos que no dejaban detrás de sí fronteras sino ruinas.
Los economistas suelen describir estos fenómenos mediante cifras. Hablan de productividad, eficiencia y reducción de costos. Pero las cifras rara vez comprenden el drama humano que contienen. Porque detrás de cada empleo eliminado existe algo más que un salario: existe una rutina, una dignidad, una manera de responder la pregunta esencial que toda sociedad formula silenciosamente a sus miembros: “¿para qué eres necesario?”.
Y acaso sea esa palabra —necesario— la que comienza a extinguirse.
Empieza a insinuarse una sociedad dividida. Por un lado, una aristocracia tecnológica integrada por programadores, ingenieros, científicos y propietarios de plataformas globales. Por otro, una multitud creciente cuya capacidad de trabajo deja de ser requerida por la economía.
Toda civilización corre peligro cuando transforma a millones de hombres en espectadores inútiles de una riqueza que ya no necesita de ellos para producirse. Millones de personas pueden quedar fuera de los sistemas productivos que organizan la vida social.
Tolerar la pobreza es difícil. Tolerar la irrelevancia es inaceptable.
Conviene, sin embargo, desconfiar de las profecías absolutas. La historia humana posee una extraña costumbre de desviarse de las teorías que pretenden encerrarla. Quizás aparezcan actividades nuevas que hoy no alcanzamos siquiera a imaginar. Quizás la inteligencia artificial termine siendo menos poderosa de lo que anuncian sus sacerdotes y menos benévola de lo que esperan sus dueños.
Pero aun admitiendo esas reservas, el problema central permanece.
La tecnología carece de moral. Multiplica capacidades; pero no puede decidir fines. Un martillo puede construir una casa o destruir un rostro. La inteligencia artificial podrá curar enfermedades, democratizar conocimientos y aliviar trabajos degradantes; también podrá concentrar poder económico en escalas desconocidas y volver superfluos a millones de seres humanos.
Por eso la discusión decisiva ya no es técnica, sino ética y política.
La educación aparece entonces como la última defensa razonable contra la barbarie elegante de los algoritmos. No una educación entendida como mera acumulación de información —las máquinas ya hacen eso mejor que nosotros— sino como formación del juicio, de la sensibilidad y del pensamiento crítico.
La inteligencia artificial puede calcular. Todavía ignoramos si puede comprender.
Y quizá allí sobreviva la singularidad humana.
Porque hay algo que ninguna máquina parece haber aprendido todavía: la conciencia trágica del tiempo, la memoria de la muerte, el amor, el remordimiento, el dolor de una infancia perdida o esa inútil y persistente necesidad de atribuir sentido a la existencia humana.
Tal vez el futuro dependa de recordar precisamente eso: que una civilización no se mide por la perfección de sus máquinas, sino por el lugar que conserva para los hombres dentro de ella.
Tal vez allí resida la verdadera discusión del siglo XXI.
No si las máquinas pensarán como hombres.
Sino si los hombres cederemos a las máquinas la construcción del sentido, de las decisiones y de la forma misma de nuestras comunidades.
Porque si las sociedades del futuro fueran diseñadas únicamente por máquinas, la pregunta final ya no sería qué lugar ocupará el trabajo humano.
La pregunta sería más grave: qué lugar ocupará el hombre.
Y acaso de esa respuesta dependa no sólo el futuro del trabajo, sino la continuidad misma de una civilización humana reconocible para los hombres.