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Javier Milei ha elegido explicar la economía con una escena doméstica: un plato, un huevo, una mermelada que nadie elige. La conclusión es inmediata, casi elegante en su simplicidad: si la mermelada cae en desuso, que caiga también quien la produce. El mercado, como un dios discreto, sabrá purgar lo innecesario.
Pero hay una omisión.
En numerosos hogares del conurbano y del interior profundo ya no se elige entre huevo o mermelada. Allí no hay sustitución de consumos, ni preferencias reveladas, ni lección de microeconomía. Hay mesas sin plato. Hay familias que no eligen: resignan.
Esa ausencia es lo que la metáfora no puede nombrar.
La economía, cuando se vuelve relato, corre el riesgo de parecerse a la literatura fantástica: un sistema cerrado, coherente en sí mismo, pero desligado de la experiencia. En ese mundo utópico, los individuos eligen. En el otro, el real, sobreviven. El primero admite axiomas; el segundo, necesidades.
Milei también ha invocado a un personaje de historieta —“Don Chatarrín”— para referirse a Paolo Rocca y, por extensión, a cierta forma de la industria argentina. Nombrar es reducir. Todo apodo encierra una violencia: la de convertir a una persona en caricatura y a un problema complejo en consigna.
Pero aquí la operación es doble. Porque al señalar al empresario, se borra a quienes trabajan detrás de él.
Y, sin embargo, ellos existen.
No son una abstracción ni un símbolo. Son la materia viva de la economía que se pretende ordenar. Son obreros, técnicos, ingenieros, proveedores, transportistas, comerciantes. Sin trabajo argentino no hay salario para nuestro pueblo; sin salario no hay consumo; sin consumo no hay mercado. El sistema que se invoca como juez necesita, paradójicamente, de aquellos a quienes invisibiliza.
Hay otra escena, menos metafórica y más inquietante. En medio de investigaciones que reclaman explicaciones —como si la realidad exigiera, de pronto, una forma elemental de verdad— el Presidente habría dicho que él mismo es el más perjudicado. No importa sólo la frase, sino su lógica. Allí se advierte un desplazamiento: el hombre que concentra poder se presenta como víctima; la responsabilidad se disuelve y reaparece bajo la forma de la queja.
Es un viejo artificio.
Cuando pierde el rumbo, quien lo ha trazado se victimiza. No admite el error. Tampoco acepta corregir el camino. Exhibe un estoicismo impostado para no escuchar el reclamo de las víctimas reales: jubilados, personas con discapacidad, desempleados, trabajadores precarizados, comerciantes quebrados, familias endeudadas.
La Argentina, entretanto, persiste en una dimensión más áspera. No es una alegoría ni un sistema de símbolos. Es una suma de vidas concretas: trabajos que se extinguen, ingresos que se reducen, comercios que cierran, consumos que desaparecen antes de poder transformarse en elección.
Tal vez la política consista, al final, en una forma mínima de verdad. No la verdad absoluta —que acaso no exista— sino una más modesta y más urgente: nombrar las cosas como son.
Y hoy, en demasiadas mesas del país, no hay huevo ni mermelada.
Hay silencio.
Hay hambre.